En la muerte de Hugh Tomas, un hispanista europeísta y castizo

Conocí a Hugh Thomas a comienzos de los años 80 en Oxford. Era muy amigo de mi maestro, Raymond Carr, aunque había entre ellos una sana rivalidad. Al fin y al cabo, eran autores de los dos libros más importantes publicados por hispanistas británicos sobre España en los años 60: el primero se adelantó con ‘La Guerra Civil española’ (1961), y el segundo respondió con ‘España, 1808-1939’ (1966). Tenían personalidades distintas, pero coincidían en que eran muy sociables, tenían un gran sentido del humor, y se tomaban el pelo el uno al otro. Como pude comprobar personalmente, y no sin cierta sorpresa, por aquel entonces también les unía una cierta atracción (incluso física) por Margaret Thatcher.

Más allá de su importancia historiográfica, Thomas compartía con Carr una profunda fascinación por España. (Curiosamente, ambos recordaban haber visitado Torremolinos en los años 50, cuando todavía era un somnoliento pueblecito de pescadores sin apenas turistas). Le encantaba Madrid, ciudad sobre la que publicó una antología de textos de autores británicos, que dedicó a los porteros de los hoteles de la capital que más había frecuentado. Podría decirse que era algo castizo, y disfrutaba mucho de la calle, de la sociabilidad de la gente, y del ambiente nocturno madrileño, aunque no le gustaba mucho trasnochar. Al igual que otros muchos hispanistas, también tenía debilidad por Andalucía.

Thomas sentía además una gran admiración por la pintura española, que conocía bien; se olvida a menudo que escribió un libro sobre ‘El 3 de mayo’ de Goya (publicado en 1972). Era un visitante asiduo del Museo del Prado, como también lo es John Elliott, otro de los grandes hispanistas de la época. A mi modo de ver, Raymond Carr, Hugh Thomas y John Elliott forman el ‘trío de ases’ del hispanismo británico del siglo XX, por el impacto que tuvieron sobre la historiografía española, por el hecho de ser más o menos coetáneos, y también por cultivar una prosa limpia y elegante, que refleja un claro deseo de conectar con un público amplio, no necesariamente académico.

Hugh Thomas probablemente sea recordado sobre todo por su libro sobre la Guerra Civil, que puede considerarse la primera historia profesional de un tema notablemente complejo y controvertido, basada en fuentes muy amplias. (No pretendo con ello restarle mérito alguno a otra obra clásica, ‘El laberinto español’ de Gerald Brenan, que data de 1943, pero cuyo autor no era un historiador profesional). Su calidad se debe en parte al gran conocimiento que tenía de la dimensión militar, adquirido en Sandhurst, la academia del Ejército británico, en la que impartió clases durante algunos años, y cuya historia también escribió. Sin embargo, seguramente fue su esfuerzo por comprender las causas profundas de la Guerra Civil lo que más llamó la atención de los lectores españoles, acostumbrados como estaban a relatos muy parciales y sesgados de la contienda. Muy pocos libros han suscitado tanta adhesión y empatía como la edición que publicó en Francia la mítica editorial Ruedo Ibérico, que se vendía de forma clandestina en la España de Franco. Aunque refleja una cierta simpatía por la República, Thomas siempre se esforzó por mostrarse ecuánime, aunque como demócrata y liberal que era, no podían dejar de suscitarle rechazo ciertas actuaciones de ambos bandos.

A pesar de lo anterior, muchos lectores le recordarán sobre todo por su impresionante trilogía sobre el Imperio español de los siglos XVI y XVII, esfuerzo que le enorgullecía especialmente. Thomas supo aprovechar a fondo el riquísimo Archivo de Indias, lo cual le permitió además pasar largas estancias en otra de sus ciudades preferidas, Sevilla. También habrá quien tenga debilidad por otros textos suyos, como la historia de la conquista de México, su fascinante trabajo sobre la historia de la esclavitud, o su historia de Cuba (que data de 1971), en la que hizo un esfuerzo notable por comprender las causas de la revolución castrista.

En lo que a sus preferencias políticas se refiere, Thomas fue laborista hasta los años 70, pasándose a las filas conservadoras a finales de la década; de hecho, a partir de 1979 desarrolló un importante papel en el Centre for Policy Studies, el think tank Thatcherista por excelencia. Fue también el gobierno Tory quien le hizo Baron Thomas of Swynnerton, lo cual le permitió participar muy activamente en la política británica desde la Cámara de los Lores. Pero a diferencia de Thatcher, siempre fue un europeísta convencido, como puso de manifiesto en su libro Ever Closer Union (1991), apenas conocido en España. Y fue precisamente su europeísmo lo que le hizo romper con el partido conservador, uniéndose al partido liberal demócrata de Nick Clegg en 1997. Como cabía esperar, Thomas era absolutamente contrario al Brexit, y el resultado del referéndum de junio de 2016 le produjo una profunda tristeza.

A Thomas también le caracterizaban su notable versatilidad e inagotable curiosidad intelectual. En 2009 publicó una excelente biografía del ‘Henry Ford español’, el gallego Eduardo Barreiros, un encargo de su hija Mariluz que le permitió bucear en la historia empresarial española del siglo pasado, con excelentes resultados. Cuando falleció tenía entre manos la biografía de otro ilustre empresario, Max Mazin, cuya agitada vida merecería incluso una buena película. La biografía que Thomas no pudo concluir sin duda habría proporcionado los mimbres necesarios para hacerla.

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